150 años de la entrada triunfal

Las crónicas de la época califican a ese momento como electrizante; Benito Juárez ganó la lucha contra la intervención francesa

Ciudad de México, (Excélsior).- Hace 150 años, en el cruce de las actuales avenidas Chapultepec y Bucareli, una muchedumbre esperaba a Benito Juárez al pie de un enorme arco triunfal con el cual lo recibían en la Ciudad de México.

Juárez ya venía convertido en una leyenda.

El 31 de mayo de 1863 salió de la misma Ciudad de México ante la inminente llegada del Ejército Francés que había tomado Puebla.

Pelotones de soldados formaban un grupo a la vanguardia y otro a la retaguardia de la caravana presidencial conformada por el carruaje, su familia y gabinete.

Detrás del convoy iban 11 carretas que transportaban el Archivo de la Nación, es decir, toda la documentación oficial del gobierno, el registro público de la propiedad, el Registro Civil, y documentos históricos como el Acta de Independencia.

Juárez encarnaba a la presidencia misma. En su viaje, hizo escalas en Querétaro, San Luis Potosí, Monterrey, Satillo, Chihuahua y Paso del Norte (hoy Ciudad Juárez). En Monterrey, decidió enviar a su familia a Estados Unidos para salvaguardar su seguridad.

Durante cuatro años tuvo que dirigir el esfuerzo nacional contra el ejército invasor, contra los mexicanos imperialistas, encabezando un gobierno en bancarrota. Cruzó sierras y desiertos; se detuvo en ciudades, pasó por rancherías, perdió hijos, tragó tierra de montañas y desiertos, fue cubierto por el polvo de mares desaparecidos, cruzo cañones, y se mantuvo firme siempre, inflexible ante el intento de establecer un imperio en México, entre 1863 y 1867.

Una vez muerto Maximiliano, Juárez decidió reinstalar el gobierno en la capital. Salió de San Luis Potosí, donde estuvo la sede presidencial, e hizo escalas en Querétaro, donde pudo ver el cadáver del efímero emperador. Siguió a  Tepeji del Río, Tlalnepantla, y finalmente, se hospedó en el Castillo de Chapultepec a petición del Ayuntamiento de la Ciudad de México que le preparaba un recibimiento especial.

El lunes 15 de julio de 1867 Juárez salió del Castillo, bajó del cerro y su convoy se dirigió por el Acueducto de Chapultepec hasta la zona de Belén.

Se negó a utilizar el camino trazado por Maximiliano a petición de su esposa Carlota, un paseo conocido como De La Emperatriz y que es el actual Paseo de La Reforma.

Su ingresó a la Ciudad de México se dio por la Calzada Chapultepec, en la Puerta de Belén (en el actual rumbo de Balderas) construida exprofeso para recibirlo. En la parte alta, la puerta sólo decía “Juárez”.

Recorrió el Paseo de Bucareli, la Calle de la Alameda (hoy Juárez) bordeando el parque, a lo largo del camino, desde los edificios hubo gente vitoreando, la muchedumbre tenía que ser contenida por el ejército mismo, y le eran entregados presentes a cada paso.

Su camino siguió por San Francisco y Plateros (hoy Madero), y al llegar al final de la calle, a unos pasos de la Plaza de Armas, cruzó un arco triunfal que fue reproducido en aquella época en litografías que forman parte de la iconografía del Siglo XIX en México.

Porfirio Díaz, entonces uno de los generales más destacados del Ejército Mexicano y quien años después pelearía contra el propio Juárez, le entregó la bandera nacional al pie del asta para que fuera el propio presidente quien la izara nuevamente dando por concluida, simbólicamente, la intervención extranjera en México.

Las crónicas de la época califican a ese momento como electrizante, más por su solemnidad y simbolismo que por su vistosidad.

En aquellos momentos, de acuerdo con los relatos, Juárez escuchó salvas de honor a su investidura, presenció un desfile desde el balcón del Palacio Nacional, hubo banquetes y fiestas en toda la ciudad pese al aguacero que azotó con furia a la capital.

Era la fiesta más grande vista en la historia de la Ciudad de México, y de acuerdo con el historiador Alejandro Rosas, fue uno de “esos momentos que nos demuestra la historia que, a pesar de que toda la adversidad ciñe o está en ciernes sobre México, al final, sí hay lugar para revertir las cosas y darle la vuelta a las circunstancias, lo que parecía imposible, Juárez lo logró, el triunfo de la República”.

En su discurso ante el Congreso (edificio que permanece en pie, en la parte trasera del Palacio Nacional y que es museo), Juárez agradeció a los mexicanos por resistir y luchar contra la invasión francesa, en un párrafo que aún estremece: “Mexicanos: Hemos alcanzado el mayor bien que podíamos desear viendo consumada por segunda vez la independencia de nuestra patria. Cooperemos todos para poder legarla a nuestros hijos en camino de prosperidad, amando y sosteniendo siempre nuestra independencia y nuestra libertad”.

A mitad de su discurso, sin embargo, pronunció la frase que llevó a Juárez, al indígena zapoteco que nació en la miseria, a alcanzar la inmortalidad, que al paso de estos 150 años  quedó labrada en cantera y fundida en bronce en infinidad de edificios y monumentos en todo México: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Juárez tendría aún momentos convulsos en su presidencia y finalmente moriría en sus propios aposentos, en el mismo complejo del Palacio Nacional.

Tras un tormentoso tratamiento a base de agua hirviendo para curar su angina de pecho finalmente murió el 20 de marzo de 1872.

Hoy esas habitaciones en las que pasó sus últimos años, en la calle Moneda 1, en el ala norte del Palacio Nacional, son un museo.

Los restos de Benito Juárez descansan en un mausoleo construido en el Panteón de San Fernando, el primer cementerio civil de la Ciudad de México que fue creado gracias al propio Juárez. El cementerio también es un museo.

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