Los niños invisibles de México

“Cuando sea grande quiero ser maestra como mi mamá que da clases a los más chiquitos”. Adriana Guadalupe nos mira desde sus enormes y curiosos ojos negros. Sus mejillas están rojas, algo quemadas por el frío. Tiene cuatro años y una vocación temprana: de mayor quiere ser profesora, lo mismo que su progenitora. Adriana es la primera personita que rompe el hielo y se acerca a nosotros cuando entramos en una de las aulas del Centro Comunitario de Desarrollo Infantil San José, en Jardines de San Juan Ajusco, en la Ciudad de México.

836748Pese a su pomposa y elegante denominación, Jardines de San Juan Ajusco no forma parte del México más favorecido. Se calcula que en el barrio viven 900 familias, todas en situación de extrema marginalidad. Es uno de los muchos asentamientos irregulares que hay en el país y en todos, abunda la miseria y escasean servicios básicos como el agua, la electricidad, el alcantarillado o el asfaltado. Jardines de San Juan se expande por la ladera del volcán Ajusco, a 3,000 metros de altura y están a 30 kilómetros. del centro de la gran megalópolis en la que se ha convertido la Ciudad de México. Hay mucho por hacer y desde Nuevos Caminos trabajamos, a través de un centro materno-infantil, en proyectos de educación, salud y alimentación a menores.

Lo primero que me sorprende al bajar del coche, son las bajas temperaturas. Es primavera, pero a 3,000 metros de altura el termómetro no se anima y arroja datos invernales. Jardines de San Juan Ajusco es un poblado de paracaidistas, familias que migran del campo a la ciudad, por pobreza y violencia, y que se quedan a sus puertas formando un inmenso cinturón de miseria alrededor de la capital donde se concentran más de 20 millones de habitantes.

He vuelto a la ciudad en la que nací y crecí. Ahora me llaman especialmente la atención los niños que piden en los semáforos. Son parte de la miseria urbana y parecen resignados. Me pregunto por qué lotería me tocó a mí nacer en la misma ciudad que ellos, a 20 minutos de Jardines de San Juan Ajusco, pero en un barrio muy distinto y con todas las oportunidades.

Más allá de la tristeza, no obtengo respuesta. Los datos son desalentadores: en México, más de la mitad de la población infantil vive en condiciones de pobreza extrema y uno de cada siete niños sufre desnutrición crónica, lo que provoca daños irreversibles en su desarrollo locomotor e intelectual.

Al llegar al Centro San José, nuestra primera impresión es que los escolares se alegran de la visita. Son niños, al fin y al cabo. Nuestra presencia ha alterado la rutina del día y eso siempre les divierte. Te comen con la mirada y, roto el hielo, se acercan a abrazarte y piden que juegues con ellos. Porque estos niños necesitan saber que no son invisibles y que más allá de la atención que se les da, se sienten queridos. Reclaman el contacto físico, el calor de piel ajena, el abrazo del amigo desconocido.

El afecto es consustancial a la infancia, pero mucho más cuando se trata de niños que, en ocasiones, sufren maltrato de unos padres que también han nacido en la pobreza. Ese maltrato es una consecuencia directa de las condiciones de miseria en las que crecen. Casi un 20% de los menores de cinco años viven hacinados. Y cuando se juntan la pobreza y el hacinamiento surge el maltrato, doblemente cruel porque casi nunca se denuncia.

La vida en el barrio

Salimos a recorrer el barrio. Impresiona la miseria extrema; las chabolas construidas con materiales de desecho, láminas de aluminio o uralita que sirven de techo y anafres —hornillos de barro y metal— donde se quema la basura que sirve para calentar las habitaciones sin puertas.

Así conocemos a Lisbet, una joven de 18 años y madre de tres hijos. En Europa sería un caso sorprendente, pero en México el 12% de las mujeres de entre 15 y 19 años, ya tienen al menos un hijo.

Lisbet está lavando la ropa mientras Jonatan, que acaba de cumplir dos años, pelea con su perro para ver quién se queda finalmente con una chuchería que se han encontrado en el suelo. Entre tanta desesperanza, llama la atención la higiene personal de los desheredados. Los niños llegan a clases con sus batas limpias y bien repeinados, pese a la falta de agua corriente y a la ausencia de asfaltado y alcantarillado.

De vuelta al Centro, Adriana Guadalupe se pega a nuestras faldas. Quiere que conozcamos a su madre. Se llama como ella, Adriana, y es “la miss (maestra) de los más chiquitos”. Nos cuenta que se levanta a las 4.30 de la madrugada para arreglar a tiempo a los tres hijos que tiene en primaria y acompañarles hasta la escuela. El colegio está en un poblado a cinco kilómetros de Jardines de San Juan Ajusco. Van a pie, ante la falta de transporte público y entre quejas de los pequeños que no se acostumbran ni a la caminata, ni al frío de la mañana. Tras dejar a los niños Adriana deshace el trayecto porque una hora más tarde, la esperan los preescolares de las aulas de maternal donde trabaja como profesora. Miss Adriana está en un proceso de formación continua. Como ella, todas las cuidadoras han ido completando distintos niveles de formación.

Las mujeres, motor de cambio

Uno de los objetivos más importantes del proyecto es mejorar desde dentro y empoderar a los vecinos del barrio. En justicia habría que decir a las vecinas, porque todas las mujeres que trabajan en el Centro de Desarrollo Infantil de San Juan Ajusco viven en ese poblado. En México, cerca del 80% de los niños dependen en exclusiva de las madres, muchas veces jóvenes y sin recursos. Trabajar en el Centro Infantil les ofrece a estas mujeres una alternativa de vida, sea como cocineras, porteras, educadoras… Además, al recibir un salario y darse de alta en la seguridad social, se incorporan al sistema laboral del país, del que de otra forma estarían marginadas y tienen acceso a la sanidad, tanto ellas como sus hijos. Las mujeres son parte y beneficiarias del mismo proyecto: un auténtico motor de cambio.

Estos niños necesitan saber que no son invisibles y sentirse queridos. Reclaman el contacto físico, el calor de piel ajena, el abrazo del amigo desconocido

Durante el almuerzo no puedo evitar acordarme de mis sobrinos españoles y de las quejas de sus madres y abuelas cuando se resisten a comer. Le pregunto a una de las cocineras si los niños del centro ponen pegas a la comida. Me mira fijamente, como si no hubiera entendido la pregunta y finalmente me responde: “Los niños llegan bien hambreados de las vacaciones y esta es la única comida que hacen al día. Los fines de semana sobreviven a base de tortilla de maíz con limón y sal”. Lamento mi torpeza al preguntar. Aquí no protesta nadie. El hambre no deja hueco.

Casi 120 niños y niñas asisten cada día al Centro San José donde reciben una alimentación equilibrada, revisiones médicas mensuales y educación preescolar. De esta manera se atiende a la franja de edad que más sufre los efectos de la pobreza, debido a la desnutrición y a las malas condiciones sanitarias de la zona.

La educación primaria en México es obligatoria a partir de los seis años, pero la etapa esencial para el desarrollo cognitivo e intelectual de una persona se produce en los primeros años de la vida, cuando la vulnerabilidad de los niños es mayor, sobre todo en condiciones de marginalidad y pobreza. De ahí, la importancia de la educación temprana para que los niños adquieran habilidades que les permitan afrontar con éxito la primera fase de la educación y disminuir el riesgo de abandono escolar.

Para que dejen de ser invisibles, para que sea posible doblar el pulso a las dificultades. Para que puedan tocar, siquiera con la punta de los dedos, las oportunidades que la vida se empeña en negarles.

El Centro Comunitario de Desarrollo Infantil San José, en Jardines de San Juan Ajusco, en la Ciudad de México, es un proyecto de la Asociacion Nuevos Caminos.

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