No hay escondite si te persigue el IS

EL MUNDO.- Habían intentado matarle dos veces, y Naji Jerf sabía que no iban a fallar una tercera. El 27 de diciembre pasado, acudió al restaurante Van, cerca de la redacción de su revista opositora siria Hentah, a por comida para su mujer y las niñas. Llegó en taxi, una de las pocas precauciones asequibles para esquivar a los sicarios del Estado Islámico (IS), siempre al acecho. Justo al salir del restaurante, el enemigo apareció, le descerrajó dos tiros y se fugó en un coche sin matrículas.

14669557648633A Naji lo ejecutaron a pleno sol y en el mismo centro de una capital provincial turca. No hacía ni dos meses, en la cercana Sanliurfa, Ibrahim Abdelqader y Fares Hamadi, dos activistas sirios, habían aparecido decapitados en su piso compartido. Mohammed Zahir Sherqat, famoso entre los opositores sirios por sus reportajes denunciando a los yihadistas, murió de un tiro en el cuello, en plena calle de Gaziantep, el pasado abril. El IS anunció que una “unidad encubierta” lo había ejecutado.

Esta cadena de crímenes, que han resultado mayormente irresueltos hasta la fecha, certifica que los miembros del Estado Islámico no tienen piedad de quienes los critican. Que no habrá lugar en el que esconderse una vez alguien los señala. Ni siquiera en Turquía, a donde muchos activistas huyeron creyendo que estarían a salvo. El nueve de marzo pasado, el hermano de Ibrahim Abdelqader, Ahmed, huyó vivo por los pelos cuando dos hombres lo emboscaron en la misma puerta de su casa.

“Hay sicarios del Estado Islámico por todas partes. Lo saben todo de ti y envían a alguien para te lo cuente, como me pasó a mí. No hay escondite”, musita Karim. Obvia su nombre real por miedo a represalias de la organización apocalíptica. Se cita con EL MUNDO en un concurrido centro comercial porque cree que las cámaras de seguridad disuadirán a los sicarios. Vive a 500 metros del trabajo, a donde va en taxi. Apenas sale de casa, y si lo hace es notificándolo a amigos cercanos.

“No puedes fiarte de nadie. A Ibrahim y a Fares los mató un conocido de Raqqa. El sicario se mudó a Sanliurfa y pasó cuatro meses jurándoles, a fin de ganarse su confianza, que era un arrepentido del Estado Islámico”, relata Karim, quien con el clásico sarcasmo sirio llama a su actual hogar “Vilayato de Gaziantep”. Vilayato es como el Estado Islámico llama a las provincias de su auto proclamado ‘califato’:”Primero te amenazan para que calles. Si no lo haces, envían a alguien a matarte”.

Gaziantep está a 80 kilómetros de una franja de 110 Km limítrofe con los dominios del Estado Islámico. Desde 2011 esta ciudad es ‘buffer’ de las ONG, milicianos opositores de todo pelaje, activistas rebeldes y hasta siervos del califa del IS Abu Bakr Bagdadi. Eso ha generada una paradójica y peligrosa convivencia entre perseguidores y perseguidos. Estos últimos son quienes, como Karim, se vuelcan en denunciar por Internet las atrocidades de los yihadistas.

“Los medios son el arma más potente del IS, ya que permite que su propaganda aterradora llegue a Occidente”, explica Musa -nombre ficticio-, un activista alepino que a finales de 2015 produjo el vídeo ‘El IS no es islam’, en el que se recreaba una ejecución estilo IS de 10 soldados oficialistas a los que, al final, perdonaba la vida. “Tras publicar el vídeo, el IS empezó a amenazarme por Twitter. Nos quieren callar porque nosotros los confrontamos con sus mismas armas, las mediáticas”, asegura.

Abdelqader y Hamadi, los dos decapitados en Sanliurfa, integraban el colectivo Raqqa está siendo masacrada en silencio. Hasta que el IS ocupó Raqqa, en 2013, denunciaron los crímenes del régimen de Bashar Asad. Después, relataron también el horror de los yihadistas por Internet. El IS respondió con una salvaje caza de brujas. La misma semana pasada publicaron un video ejecutando sádicamente a cinco activistas sirios de Deir Az Zur, y amenazando con matar a los huidos “incluso en Europa”.

Naji Jerf pagó con su vida el producir un documental sobre los chicos de Raqqa. “Era una bellísima persona”, recuerda Karim. “Nos enseñó a muchos a documentar en vídeo, correctamente, los abusos cometidos en siria. Todos lo llamábamos tío. Su muerte nos machacó”, añade. A principios de enero pasado la Policía turca arrestó a tres personas en Gaziantep, una de las cuales considerada el sicario de Jerf.

“Las autoridades turcas deben demostrar urgentemente que matar a periodistas en las calles de Turquía es inaceptable y que no quedará sin castigo”, demandó, tras la ejecución de Mohammed Zahir Sherqat, la coordinadora del Comité para la Protección de los Periodistas Nina Ognianova. No es secreto que Turquía es puente, refugio y hasta centro logístico de varios grupos armados operativos en Siria, entre ellos, pese a la mayor presión policial actual, el Estado Islámico.

La cadena de muertes fuera de Siria han marcado a la mayoría de activistas sirios. Algunos planean huir más lejos; otros, dejarlo. “Llevo cuatro meses sin hablar del IS”, lamenta Karim cariacontecido. Musa piensa diferente: “Ya no me importa si me matan. Me uní a la revolución siria para morir por ella si hacía falta. Nuestro mensaje libertario debe propagarse”. Karim ha perdido la fe. “Da igual cuántas desgracias contemos, al mundo le da igual. No vale la pena morir por un post en Facebook”.

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