“No nos trajeron libertad, sólo dejaron destrucción”

EL MUNDO.- “Son tantas penas que he dejado de contarlas”, reconoce el novelista iraquí Muhsin al Ramli. El informe ‘Chilcot’ apenas concitó ayer atención en un Irak sumido en el duelo desde el coche bomba que el pasado domingo arrasó una de las principales calles del barrio bagdadí de Al Karrada. Las autoridades elevaron ayer la cifra de víctimas a 250 convirtiendo la carnicería, reivindicada por el autodenominado Estado Islámico, en el ataque más mortífero desde la invasión que hundió al país en un laberinto de muerte y destrucción. El baño de sangre segó la vida de decenas de jóvenes que disfrutaban de una de las últimas veladas del ramadán en una concurrida zona comercial de la capital iraquí.

14678287764293Desde entonces, la arteria y los edificios circundantes -reducidos a escombros por la detonación y las llamas- se han transfigurado en un lugar de peregrinación, con las biografías de los caídos colgando de sus esqueletos. “Los jóvenes iraquíes amamos la vida pero nos asesinan a diario. Están acabando con el futuro y el talento de este país”, lamenta desde Bagdad Mustafa Jawad, un informático de 27 años conmocionado a partes iguales por la última embestida terrorista y las conclusiones del papel del Reino Unido en el avispero iraquí. “La realidad -agrega- es que los países occidentales no nos trajeron la libertad. Solo nos dejaron destrucción. Muchos sienten hoy nostalgia de los días de Sadam Husein. Los líderes actuales son una banda de forajidos que no se preocupa por los intereses del país”.

Un estado fallido destrozado por la corrupción

Trece años después del ocaso del dictador, Irak es un estado fallido hecho trizas por el sectarismo y la corrupción. La purga masiva de leales a Sadam que desató la intervención y las políticas sectarias del ex primer ministro, el chií Nuri al Maliki, alimentaron la insurgencia suní. A pesar de las derrotas recientes, el IS (Estado Islámico, por sus siglas en inglés) aún controla Mosul, la segunda ciudad del país, y mantiene intacta su capacidad para sortear la seguridad en Bagdad y perpetrar atentados. “Ya sabíamos que no había razones reales para invadir Irak. En Londres pueden leer el informe ‘Chilcot’. Nosotros, en cambio, lo vivimos a diario. El IS es el resultado de aquella acción estúpida”, señala un activista de Mosul que pide permanecer en el anonimato por miedo a represalias.

Desde que los yihadistas se hicieran con el control de la urbe, el joven ha levantado acta de las fechorías que han herido su callejero. “¿Qué puede hacer ahora Reino Unido? Es demasiado tarde para hacer nada. Pudieron acabar con Sadam sin la invasión”, maldice atrapado en la capital del califato en suelo iraquí.

Desde la instantánea de las Azores, al menos 160.000 civiles han perdido la vida en la geografía iraquí. Según un estudio publicado en 2013, la cifra sería aún mayor, superando el medio millón de fallecimientos como consecuencia de la contienda y los ochos años de ocupación. El balance alcanzaría los 751.000 muertos sumando aquellos óbitos relacionados con el colapso de las infraestructuras que causó la invasión. Varios millones de almas optaron por emprender el éxodo. La violencia trastocó para siempre el mapa multiétnico del país y redujo a escombros buena parte de su patrimonio.

“El informe Chilcot es un ejemplo de cinismo. Lo que sucedió en Irak fue uncrimen contra la Humanidad organizado para destruir el país”, denuncia el traductor e investigador iraquí Pius Alibek, afincado en Barcelona desde 1981. “No sirve de nada su publicación a estas alturas. ¿Acaso van a salvar a los iraquíes del daesh (acrónimo del IS en árabe) y de la corrupción?

Deberían juzgar a Tony Blair, George Bush y José María Aznar por la invasión”, añade Alibek. Tras una larga década de violencia, sus compatriotas -reconoce el exiliado- “se han acostumbrado a la muerte, la corrupción, la humillación, la dejadez o la falta de electricidad y agua”. Ayer, algunos iraquíes respondieron a las revelaciones de Chilcot difundiendo en las redes sociales la imagen de un ataúd vacío y un certificado de defunción en blanco. “¿Quién es el siguiente?”, rezaba el fotograma.

“Hemos sufrido siempre la injusticia interna y externa. Aunque resulte escaso, el informe es un pequeño rayo de reconocimiento a nuestro dolor. Ojalá sirva de aviso a los corruptos que gobiernan Irak”, apunta Al Ramli desde su refugio madrileño. Su familia no ha escapado al sino trágico que ha desangrado la mayoría de los hogares iraquíes. “Fui vigilado en la época de Sadam. Mi hermano fue ahorcado y mis parientes fueron despojados de sus empleos. Mi pueblo está hoy controlado por el daesh. No sé nada de mi hermano y mi sobrina fue asesinada en la plaza del pueblo. Es un tragedia sin fin”.

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